Mi vida al límite

Desde bien pequeña he tenido comportamientos que ni yo misma era capaz de explicar: Enfados, rabia, herirme a mí misma, manipular a mis padres… Por no hablar de los subidones, como si me hubiera drogado; o los bajones, como si el día anterior hubiera tenido la fiesta de mi vida.

A los 26 años caí en una fuerte depresión por culpa de un trabajo que tenía. Lo único que recuerdo es un gran sentimiento de muerte y un cuchillo en mi mano haciendo destrozos sobre mi piel. Me ingresaron en urgencias y directamente me derivaron a psiquiatría.

“-Usted tiene Trastorno de personalidad límite.”

Que te etiqueten con un trastorno de personalidad es bastante duro, pero de repente todo tuvo sentido: Las rabietas, las noches sin dormir, las ganas de hacerme desaparecer… Y pasé de no entender nada a intentar encajar las piezas.

Hoy, 6 años después, todavía lucho con esta enfermedad, invisible para la gente que no entiende de salud mental y convivo con una depresión que no viene nada bien para recuperarme de mis bajones.

Me gustaría compartir con vosotrxs las incumbencias que tenemos la gente como yo, que, aunque no llevamos una tirita en la cabeza, por dentro la sufrimos mucho. Por eso hoy quiero empezar con el ya manido, pero necesario en explicaciones:

“Pero sonríe, mujer, que no se ha muerto nadie”

¿Le dirías a un ciego que vea?, ¿a un asmático que respire sin su medicación?, ¿a un cojo que corra la maratón?

La depresión y otros trastornos mentales no son elegidos por el enfermo. Yo ni de lejos quise ser portadora de todas estas etiquetas que me impiden llevar una vida normal. Cuando una persona no sonríe, quizá por dentro esté debatiéndose entre si hablar contigo o no, entre si salir de casa y tirar de las cadenas que le atan a la cama o quedarse para siempre en la oscura pero segura habitación.O quizás se debata en si vivir o morir.

Decirle a una persona que “sonría” por que a ti no te gusta ver la cara de “amargada” que tiene es tan cruel como gritarle a un sordo y desesperarte por que no te oye. Simplemente no lo hagas. Tú no ves la herida, pero seguramente esté sangrando por dentro, sanando una cicatriz de un tamaño descomunal o intentando seguir el camino que le lleva a intentar llevar la vida normal que anhela tanto.

Yo misma estoy harta de oír: “pero si no tienes nada” mientras el corazón me va a explotar, harta de entrar en la consulta del médico de turno y, sin conocerme, diga: “tú para ser feliz tienes que perder peso”

Os contaré un secreto: El secreto de la felicidad no es estar delgado. Creedme, lo he estado y fue cuando tuve mi primera depresión.

Así que la próxima vez que veáis a un amigo o amiga que os parezca que esté “triste” no le juzguéis. Sólo apoyadle, escuchadle, preguntadle qué podéis hacer para que se sienta mejor y, sobretodo, respetad su decisión, aunque esta sea que os vayáis del lugar en el que vuestro o vuestra colega se encuentra.

Y por hoy dejo de daros la murga. Sed buenos.

Aku caracoles

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