El día en que me dijeron que tenía un TCA

Hay cosas que tengo bastante superadas y puedo hablar de ellas. Una de ellas son mis problemas con la comida. No sé cuando empezaron los TCA, creo que fue alrededor de los 20 años, lo que sí sé es cuando terminaron… Nunca. Y sí, sé que estoy recuperada y hace tiempo que no cometo locuras, pero quien haya pasado por eso sabe que nunca te terminas de recuperar.

Un día fui al médico de cabecera con dolor de garganta. Me mandó, sin decirme nada, a la endocrina. Hacía años que mis niveles de tiroides estaban controlados pero pensé que era, obviamente, porque estaba gorda. En aquel momento (hace unos cuatro años) pesaba 130kg midiendo 1,64m.

Llegó el día y yo estaba muerta de miedo. Daba vueltas en la sala de espera, miraba la puerta con terror… Estuve a punto de irme, mi pareja consiguió que me quedara. Y es que no sé qué me daba más miedo, si que usara la palabra “gorda” (que lloraba de sólo escucharla) o que se diera cuenta de mi problema… Porque sí, yo sabía perfectamente que tenía un problema. Sabía que lo que hacía no era normal y por eso lo hacía a escondidas.

Todo empezó cuando lo dejé con mi primera pareja, después de siete años de relación. Vivía sola y no tenía familia cerca así que comía muy mal. Podía alimentarme a base de cereales con leche y coca cola ligth durante tres días, y luego comerme dos pizzas familiares, estar tres días a base de manzanas para “compensar” y luego un mes comiendo sandwiches. Una alimentación completamente desequilibrada pero que nunca me hizo subir demasiado de peso (siempre fui una chica con sobrepeso, pero estaba bien con esos diez kilos de más).

Luego conocí al que fue mi segunda pareja, una relación tóxica y llena de problemas que me provocó muchos complejos y mucha ansiedad, que aplacaba con comida. Ahí empecé a darme los grandes atracones… calmaba esa ansiedad con comida hasta que él empezó a “hacerme notar” todo lo que estaba engordando. Entonces empecé a sentirme culpable después de cada atracón y me iba al baño a provocarme el vómito.

Cuando reuní fuerzas y dejé esa relación (con 50 kilos más y muchos complejos), también pude mantener a raya por mí misma esos desórdenes en mi alimentación y conocí a mi actual pareja. Comía relativamente bien y la ansiedad había desaparecido. Hasta que un día mi expareja apareció en mi trabajo para “hablar”… obviamente no llegué ni a dirigirle la palabra porque me entró un ataque de pánico y mis compañeros no le dejaron pasar, pero el hecho de verle volvió a remover toda la mierda de mi cabeza. Empecé a darme atracones en secreto y a vomitarlos cuando podía. Cuando no podía (por riesgo a que me pillaran) me sentía tan mal y tan culpable que me tiraba horas llorando. Y así estuve meses, hasta que llegó el día en que tenía cita con la endocrina.

Cuando entré, muerta de miedo, me dí cuenta de que no era como había pensado. La endocrina era una chica gordita, sonriente y amable, que al poco de presentarnos me hizo una pregunta muy directa: “Elsa, tu médico te manda a hablar conmigo porque ha visto signos de lo que podría ser un trastorno alimenticio, ¿quieres contarme algo?”. No dije nada, directamente me eché a llorar. En medio de la llantina le expliqué que engullía (porque yo no comía) muchísima comida en el coche antes de entrar en casa, que tiraba los envases en la calle para que mi pareja no se diera cuenta, que a veces luego me sentía tan culpable que me provocaba el vómito. Que me pasaba días llorando, que sólo quería llorar y estar en la cama, que no salía de casa porque sentía que la gente se burlaba de mí, que mi única forma de sentirme bien era comiendo. Que me daba asco.

No fue una recuperación fácil. Me diagnosticaron depresión, ansiedad y bulimia nerviosa. Me derivaron a salud mental donde me pusieron en tratamiento psiquiátrico y psicológico. Me veía el psiquiatra una vez al mes para ajustarme el tratamiento (antidepresivos y ansiolíticos), una vez a la semana la psicóloga (lo que pude llorar en esa consulta) y dos veces en semana una enfermera de psiquiatría que me enseñaba a combatir mi ansiedad y comentábamos mis progresos o mis recaídas. Me explicaron como había llegado allí, lo que era el trastorno por atracón y como la gente no le da importancia hasta que deriva en una bulimia, como me había ocurrido. Nunca tuve reparos en hablar de mi problema e incluso autollamarme “loca”, afronté todo el tratamiento con sentido del humor por muchos dias malos que tuviera.

Cuando pude empezar mantener a raya los atracones aparecieron los ataques de ansiedad. Tuve épocas de no poder mirarme en un espejo, de odiarme, de autolesionarme, de tapar cualquier cosa reflectante de casa con toallas y mantas por no verme, de ducharme a oscuras y no salir a la calle. Tuve épocas en las que parecía que todo iba bien pero volvía a darme atracones y se lo ocultaba a los médicos, aunque fueron las que menos. La verdad es que desde el principio me sentí tan apoyada por los médicos, mi pareja y mi familia que nunca quise decepcionarlos.

Cuando tuve mis problemas a raya y seguía con la medicación, empezamos a trabajar mi autoestima. Fue poco a poco y a día de hoy sigo haciéndolo cada día. Es un proceso largo y duro el de quererse cada día, conocerse, y valorarse.

En abril de 2017, hace sólo 8 meses, me dieron el alta en salud mental. Puede que no parezca nada, pero ese papel significó muchísimo para mí. Todos esos años de lucha habían merecido la pena. Incluso me dió pena no volver a ver a mi psiquiatra porque la verdad es que después de años de tratamiento Ahora sigo trabajando cada día por quereme, hay días que es más complicado que otros, pero no pienso desistir. Me empecé a querer con 130 kilos y fue complicado, ahora con 30 menos tendría que parecer más fácil pero no es así.

Por eso, si estás leyendo esto, quiérete muchoJared Spurgeon Womens Jersey

Written by 

Cofundadora. Adicta al chocolate y a las historias. Antes era gorda y ahora gorda molona.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *